A las tres de la mañana, Vero me despertó meneándome el brazo y me dijo en voz baja: "Juan, despierta, ya es hora...". Yo tardé un par de segundos en reaccionar, hasta que me acordé que Vero llevaba encima un barrigón tremendo. Vero me dijo que había "roto aguas", como se dice coloquialmente en España (romper la fuente en mexicano).
Mi primera impresión fue la tranquilidad con la que Vero me despertó. Di un brinco fuera de la cama, pero me dijo que estuviera tranquilo, que me metiera a bañar y después nos iríamos al hospital. Me di cuenta que ella misma se había bañado antes de despertarme. Así es que decidí igualmente tomarlo con tranquilidad. Me levanté, me bañé, y al salir me encontré a Vero lista con la maleta en la puerta. Era una madrugada de noviembre por lo que afuera hacía frío. Aún así, caminamos hasta la avenida para conseguir un taxi. A los quince minutos, es decir, alrededor de las cuatro de la mañana estábamos llegando a la Clínica Santa Elena. Pocos minutos después, Vero estaba siendo examinada por la matrona en turno, quien confirmó que había roto aguas y que tenía 5 centímetros de dilatación, por lo que sería ingresada esa misma mañana. La matrona me mandó a recepción para que nos asignaran una habitación. Cuando regresé con Vero, la matrona me dijo que esperara en la habitación y que llevarían a Vero para allá después de ponerle la epidural. Fue entonces cuando llamé a mamá para avisarle que el pequeño (aún sin nombre para muchos) estaba a punto de salir al mundo. Mi mamá avisó a la mamá de Vero y todos juntos se vinieron al hospital.
Alrededor de las cinco de la mañana, una enfermera se acercó para decirme que mejor fuera directamente al paritorio porque Vero ya tenía casi 7 centímetros de dilatación. Así es que fui para encontrarme a Vero recostada y listísima para convertirse en madre. Vero me dijo que tenía muchísimo frío en los pies, así que me pidió que le consiguiera unos calcetines calientitos. Cuando le toqué los pies, los tenía muy calientes, pero de igual forma le puse el segundo par de calcetines. Vero y yo estuvimos solos en el paritorio poco más de una hora. Durante ese tiempo estuve chismeando un poco el registro de ingresos al paritorio. También vimos pasar a otra futura mamá llevada en silla de ruedas y con una cara de muy pocos amigos. Fue cuando me di cuenta de la suerte que estábamos teniendo hasta ese momento.
A las seis y media de la mañana, la matrona confirmó que tenía 9 centímetros de dilatación, nos informó que no daba tiempo de poner la segunda dosis de la epidural y llamó por teléfono al ginecólogo. A las siete en punto de la mañana, se apareció el ginecólogo, dio los buenos días y se puso a trabajar de inmediato. Las instrucciones para mi fueron que tomara muy fuerte de la mano a Vero. Lo hice sin rechistar.
A las siete y cuarto de la mañana escuché por primera vez el llanto de Mario, mientras la matrona lo limpiaba un poco. Inmediatamente después colocaron a Mario en los brazos de mamá y dejó de llorar. Finalmente nos habíamos convertido en padres.
Cinco minutos después, se llevaron a Mario para darle su primer baño y aproveché para envíar un mensaje de texto a mis papás que esperaban afuera: "Mario ha nacido a las 7:15. Todo perfecto".
Un poco antes de las ocho de la mañana, volvió la matrona con Mario, me lo entregó y me dijo que me lo llevara a la habitación y que a Vero la llevarían más tarde. Así es que salí del paritorio empujando un carrito que llevaba a Mario recién nacido. Al llegar a la habitación llamé a mis papás para que vinieran a conocer al nuevo nieto. Tanto mis papás como la mamá de Vero se sorprendieron de que pudieran ver a Mario tan pronto. No tenía ni una hora de haber nacido.
Exactamente hoy hace un año nació Mario, que ha traído consigo muchísima felicidad y una nueva forma de ver la vida, incluyendo preocupaciones que nunca antes se me hubieran ocurrido. ¡Feliz cumpleaños chirimbolín!
Me encanto!!! felicidades Mario
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